El 19 de febrero en Iquique no remite a 1879 ni a la Guerra del Pacífico. La fecha pertenece a otro conflicto decisivo: el Combate de la Aduana de Iquique (1891), episodio clave de la Guerra Civil de 1891. Ese día, el edificio de la Aduana -símbolo fiscal y portuario del Norte- fue el centro de una lucha que no enfrentó “derecha contra izquierda” en sentido moderno, sino dos concepciones del poder del Estado.
Una crisis institucional que estalló en guerra
El trasfondo fue la confrontación entre el presidente José Manuel Balmaceda y el Congreso Nacional. El conflicto se agudizó por la aprobación de las llamadas leyes periódicas y el Presupuesto, que el Congreso se negó a despachar en los términos del Ejecutivo. La ruptura derivó en guerra abierta.
No se trató de una pugna ideológica contemporánea (no existía un eje “izquierda/derecha” como el del siglo XX), sino de una disputa institucional:
- Balmaceda defendía un Ejecutivo fuerte y un rol activo del Estado.
- El Congreso buscaba limitar el presidencialismo y consolidar prácticas de control parlamentario.
La guerra dividió a las fuerzas armadas: la Armada se alineó mayoritariamente con el bando congresista; el Ejército permaneció, en lo principal, leal al Presidente.
Por qué Iquique era estratégica
En 1891, Iquique era el corazón del ciclo salitrero. Controlar el puerto significaba asegurar recursos fiscales, logística y proyección política. En una guerra civil, el Norte no era periferia: era financiamiento y capacidad operativa.
La Aduana concentraba ese simbolismo: por ella pasaban mercancías, impuestos y soberanía efectiva. Defenderla era defender el dominio del puerto.
El combate: horas decisivas en la ciudad
El 19 de febrero, fuerzas leales al gobierno, al mando del coronel José María Soto, intentaron recuperar Iquique, ya en manos del movimiento congresista. En la ciudad, el capitán de corbeta Vicente Merino Jarpa decidió fortificarse en el sólido edificio de la Aduana con un reducido contingente de marineros.
La acción fue urbana y tensa: tropas gubernamentales avanzaron aprovechando la neblina y se parapetaron en inmuebles cercanos. Desde el mar, unidades de la escuadra congresista -entre ellas el blindado Blanco Encalada- apoyaron con fuego naval, inclinando el equilibrio.
Tras horas de intercambio de disparos e incendios en edificaciones colindantes, se acordó un armisticio mediado por un buque británico presente en la rada. Al día siguiente, sin refuerzos y con el arribo de más tropas revolucionarias desde el Norte, las fuerzas gubernamentales capitularon. Iquique quedó definitivamente bajo control congresista.
¿Qué resolvió este episodio?
El Combate de la Aduana no definió por sí solo la guerra, pero aseguró una pieza clave del tablero:
- Consolidó Iquique como base política y logística del movimiento revolucionario.
- Reforzó el control del Norte salitrero.
- Permitió estructurar desde allí una conducción política que luego se formalizó en la Junta de Gobierno revolucionaria.
Meses después, las batallas de Concón y Placilla sellaron la derrota del bando presidencial. Balmaceda se asiló en la embajada argentina y falleció el 19 de septiembre de 1891. El resultado institucional fue el inicio del llamado Régimen Parlamentario (1891-1925), etapa en que el Congreso dominó la política nacional y el poder presidencial quedó debilitado.
Una fecha que interpela a la ciudad
Recordar el 19 de febrero no es exaltar una contienda interna, sino comprender que Iquique fue centro y no margen de una redefinición del poder en Chile. La Aduana no fue solo un edificio sitiado: fue el símbolo de quién controlaba el puerto, la recaudación y el rumbo político del país.
En tiempos donde la memoria histórica suele simplificarse en consignas, el Combate de la Aduana de 1891 invita a una lectura más fina: no fue derecha contra izquierda; fue una guerra civil de carácter político-institucional con profundas consecuencias económicas y sociales.
Iquique estuvo allí, en el corazón de esa decisión histórica.