Chile ha vuelto a vivir un 11 de septiembre. Han transcurrido cincuenta y tres años desde 1973 y, sin embargo, la fecha continúa despertando recuerdos, dolores, convicciones y diferencias que atraviesan generaciones. Tal vez después de tanto tiempo corresponda hacernos una pregunta distinta. No solamente qué debemos recordar, sino para qué recordamos y qué hacemos, como país, con aquello que recordamos.
Desde el pensamiento aymara existe una manera de comprender el tiempo que puede ayudarnos a mirar esta discusión desde otro lugar. En la lengua y en determinadas formas aymaras de conceptualizar el tiempo, nayra —vinculado también con el ojo, la vista y aquello que está delante— se proyecta hacia lo anterior y conocido, mientras qhipa —asociado con aquello que está detrás— puede conducirnos hacia lo posterior, hacia aquello que todavía está por venir. De allí surge una imagen profundamente humana: el pasado puede estar delante porque podemos conocerlo y observar sus huellas; el futuro permanece detrás porque todavía no podemos contemplarlo.
Esto no significa caminar hacia atrás ni permanecer aferrados a tiempos que ya pasaron. Significa algo diferente: nadie puede cambiar lo vivido, pero todos podemos aprender de ello. El futuro, en cambio, todavía no existe como experiencia y por eso avanzamos hacia él acompañados por una orientación fundamental: la memoria de aquello que ya hemos recorrido.
Quizás esta antigua manera de comprender el tiempo pueda entregarle algo al Chile de hoy. Durante décadas hemos escuchado que para avanzar debemos dejar atrás el pasado. Desde nuestra mirada aymara podríamos plantearlo de otra manera: avanzar no exige borrar lo ocurrido, sino aprender a mantenerlo frente a nuestros ojos sin convertirlo en un arma contra quien piensa diferente.
El 11 de septiembre forma parte de la historia de Chile. Ninguna generación puede cambiar los hechos ya ocurridos, aunque cada generación pueda interrogarlos, estudiarlos e interpretarlos desde nuevas perspectivas. Podemos discutir sus causas, estudiar las circunstancias que llevaron al país hasta aquel momento, analizar las responsabilidades de sus protagonistas y mantener legítimas diferencias sobre nuestra historia política. Pero existe algo que debería encontrarnos por encima de esas diferencias: cuando una sociedad pierde la capacidad de escucharse, cuando el adversario comienza a convertirse en enemigo y cuando la palabra deja espacio a la violencia, todo un país termina pagando las consecuencias.
Nuestros hijos y nuestros nietos no tienen por qué heredar nuestras confrontaciones, pero sí tienen derecho a heredar nuestra memoria. Una sociedad madura debería ser capaz de transmitir a las nuevas generaciones sus experiencias sin entregarles también sus resentimientos. La memoria no debería pertenecer exclusivamente a la izquierda, a la derecha, a un gobierno, a una generación ni a quienes se sienten vencedores o vencidos. La memoria pertenece a Chile.
Por eso, nuestro desafío ya no consista en determinar quién tiene derecho a recordar el 11 de septiembre. Todos tienen derecho a hacerlo. Quien perdió a un ser querido tiene derecho a recordar. Quien sufrió tiene derecho a recordar. Quien vivió aquellos años tiene derecho a contar su experiencia. Quien nació mucho después tiene derecho a preguntar qué ocurrió. Los historiadores deben investigar, la justicia debe cumplir su función y las víctimas deben ser respetadas. Ninguna reconciliación verdadera necesita borrar la verdad para poder existir.
En distintas expresiones del pensamiento andino encontramos una profunda valoración de la complementariedad. Arriba y abajo no tienen por qué significar superior e inferior; pueden representar posiciones diferentes dentro de un mismo espacio. Día y noche forman parte de un mismo ciclo, así como pasado y futuro encuentran su punto de encuentro en el presente que vivimos. El equilibrio no consiste en hacer iguales las diferencias ni en borrar aquello que las distingue, sino en encontrar una convivencia en la cual ninguna necesite destruir a la otra para poder existir.
Quizás podamos comenzar a observar de esa manera nuestras diferencias políticas. Derecha e izquierda pueden interpretar de forma distinta determinados períodos de nuestra historia y proponer caminos diferentes para el país. Esa diversidad es parte de la democracia. Lo que no debería parecernos inevitable es que cada generación vuelva a encontrarse en las mismas trincheras de quienes la precedieron, como si Chile estuviera condenado a repetir indefinidamente una discusión que nunca logra transformarse en aprendizaje.
Después de cincuenta y tres años, nuestra responsabilidad no debería consistir en determinar qué heridas debemos olvidar, sino en conseguir que ninguna herida del pasado sea utilizada para producir nuevas heridas en el presente. No se trata de establecer equivalencias donde históricamente no las hubo ni de reemplazar una memoria por otra. Tampoco de pedirle a quien sufrió que renuncie a su recuerdo. Se trata de alcanzar algo mucho más difícil: recordar sin odiarnos.
Tal vez allí pueda aportar la sabiduría de nuestros pueblos originarios. No pretendemos tener una respuesta única para Chile, porque ninguna cultura posee por sí sola todas las respuestas. Podemos, sin embargo, aportar una manera distinta de formular la pregunta. Si el pasado está delante de nuestros ojos, no necesitamos destruirlo ni esconderlo. Podemos observarlo, comprenderlo y aprender de él. Y si el futuro está detrás, fuera todavía de nuestra mirada, debemos acercarnos a él con humildad, porque nadie conoce completamente el país que recibirán nuestros descendientes.
Nayra y qhipa no tienen por qué permanecer solamente como expresiones de una determinada comprensión aymara del tiempo. Pueden ayudarnos a pensar algo necesario para nuestra convivencia presente: somos parte de una continuidad. Antes de nosotros caminaron otros; después de nosotros caminarán quienes todavía no han llegado. Nuestra responsabilidad consiste en decidir qué les dejaremos. Podemos entregarles nuestras divisiones o podemos entregarles las enseñanzas que obtuvimos después de haberlas vivido.
Por eso no propongo olvidar el 11 de septiembre ni reemplazar una conmemoración por otra. Propongo que aprendamos a transformar la memoria en encuentro. Que cada familia conserve sus recuerdos, que las distintas sensibilidades políticas puedan expresar legítimamente sus interpretaciones dentro del respeto a los hechos establecidos, la dignidad humana y la convivencia democrática; que ninguna víctima sea olvidada y que ninguna diferencia nos haga perder de vista que compartimos una misma tierra y una responsabilidad común sobre aquello que vendrá.
Chile no necesita que todos pensemos igual para caminar unido. Necesita algo más difícil y también más valioso: aprender a convivir entre quienes piensan diferente. Quienes están arriba y quienes están abajo, quienes se identifican con la derecha y quienes lo hacen con la izquierda, quienes pertenecen a los pueblos originarios y quienes tienen otros orígenes, quienes recuerdan de una manera y quienes recuerdan de otra, forman parte de una misma comunidad humana. El equilibrio no llegará cuando una mitad del país consiga imponerse definitivamente sobre la otra, sino cuando comprendamos que ninguna mitad puede construir por sí sola una nación completa.
Tenemos el pasado frente a nuestros ojos. Allí están nuestras grandezas y nuestros errores, nuestras esperanzas y nuestros dolores. El futuro permanece detrás de nosotros, silencioso y todavía desconocido. Entre ambos se encuentra el presente, que es el único lugar donde podemos decidir.
Que nayra nos permita mirar con sabiduría aquello que fuimos. Que qhipa nos recuerde la humildad con la que debemos acercarnos a aquello que todavía no conocemos. Y que el Chile que construyamos entre ambos no obligue a nuestros descendientes a heredar nuestras trincheras, sino que les entregue un país capaz de recordar sin enfrentarse, disentir sin destruirse y avanzar sin olvidar.
Quizás entonces habremos comprendido que la memoria no tiene que ser una frontera que nos separe. Puede convertirse en el lugar desde donde volvamos a encontrarnos.
Juan Carlos Hernández Caycho
Jiliri Mallku
Alianza Mundial Aymara
https://alianzamundialaymara.org
Nota: La concepción aymara del tiempo que sitúa metafóricamente el pasado delante y el futuro detrás ha sido documentada mediante estudios lingüísticos y gestuales, entre ellos la investigación de Rafael E. Núñez y Eve Sweetser, publicada en la revista científica Cognitive Science (2006), “With the Future Behind Them: Convergent Evidence From Aymara Language and Gesture in the Crosslinguistic Comparison of Spatial Construals of Time”.