La decisión del presidente Donald Trump de retirar a Estados Unidos de más de medio centenar de organizaciones, convenciones y tratados internacionales reabrió un debate profundo sobre el rumbo del país en el escenario global. La medida, presentada como un acto de soberanía y de coherencia ideológica, no solo reordena la política exterior estadounidense, sino que redefine su relación con el multilateralismo y con los espacios donde se construyen normas, estándares y consensos internacionales.
Desde la mirada del trumpismo, la retirada tiene sentido. Es la continuación lógica de un proyecto político que entiende a Estados Unidos como una nación que ha cedido terreno frente a organismos que considera ideologizados, burocráticos o directamente lesivos para sus intereses económicos y de seguridad. En ese marco, abandonar foros climáticos, entidades de género y desarrollo, y plataformas de diálogo internacional no es un acto de aislamiento, sino de protección nacional. La consigna es clara: ningún organismo internacional debe condicionar la voluntad soberana del país.
El gesto también consolida la identidad de la actual administración hacia adentro. El votante trumpista observa el retiro como una liberación frente a estructuras que encarnan el “globalismo progresista”. Políticamente, Trump capitaliza la narrativa del presidente que “no se arrodilla” ante ONU, organismos multilaterales o acuerdos de cooperación. En términos internos, la jugada refuerza su autoridad dentro del bloque conservador y envía un mensaje contundente a su base electoral.
Sin embargo, el análisis estratégico apunta a otra dirección. Estados Unidos no se convirtió en potencia global renunciando a mesas internacionales, sino presidiéndolas. La estructura de poder estadounidense -económica, militar, tecnológica y cultural- ha descansado históricamente tanto en su fuerza material como en su capacidad para moldear reglas, estándares y marcos normativos globales. Al abandonar espacios donde esas reglas se negocian, el país puede ganar autonomía táctica, pero arriesga perder influencia estructural.
En lo práctico, la decisión deja sillas vacías que no permanecerán vacías por mucho tiempo. China, India, Rusia y la Unión Europea ya compiten por liderar áreas como cambio climático, comercio digital, derechos humanos o inteligencia artificial. Si Washington se retira, serán otros quienes redacten las normas que definan el futuro. La autonomía que hoy se celebra podría transformarse mañana en dependencia regulatoria frente a actores rivales.
El otro golpe es simbólico. Estados Unidos lleva años en tensión entre dos modelos de liderazgo: el del “farol moral”, basado en derechos humanos, democracia y libertades, y el del “poder desnudo”, basado en fuerza militar, disuasión y transacciones bilaterales. Con esta retirada masiva, el país renuncia explícitamente al primero y profundiza el segundo. Para aliados tradicionales -Europa, Canadá, Japón, Australia- la señal es inquietante: Estados Unidos ya no es el arquitecto del orden, sino un jugador impredecible que entra y sale según sus ciclos políticos internos.
¿Hace esto a Estados Unidos más fuerte? Depende del tipo de fuerza que se evalúe. En el corto plazo, la administración gana margen para regular industrias domésticas, relajar estándares ambientales y proyectar una política exterior sin condicionamientos. Es un triunfo narrativo y táctico para el trumpismo. Pero en el mediano y largo plazo, la potencia norteamericana pierde capacidad de incidir en los mecanismos que organizan el sistema internacional. La fortaleza del país no solo ha radicado en su capacidad para imponer, sino en su capacidad para convocar. Si deja de convocar, otros llenarán ese espacio.
La historia demuestra que los imperios no se debilitan cuando pierden batallas, sino cuando renuncian a definir el orden en el que operan. La retirada masiva de organismos internacionales puede ser leída como un intento de Estados Unidos por blindarse frente a un mundo que percibe hostil. Pero también puede ser el síntoma de una potencia que empieza a ceder terreno en la arquitectura global que alguna vez diseñó.
La pregunta que queda abierta es simple y profunda: ¿se puede ser la potencia dominante del siglo XXI desde una posición unilateral y desconectada de los mecanismos multilaterales? La respuesta no vendrá de un decreto, sino del reacomodo del sistema internacional en los próximos años. Lo único claro, por ahora, es que el mundo ya tomó nota de que Estados Unidos está redefiniendo su papel. Lo que falta ver es si está construyendo una nueva doctrina o si, bajo la bandera de la autonomía, comenzó a renunciar al liderazgo que históricamente lo distinguió. (IOL)