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DIARIO IQUIQUEONLINE

Primer diario digital de Iquique

Lo que creemos haber vivido y lo que realmente fue

PorIquiqueOnline

Oct 19, 2025

Cada generación cree vivir el tiempo más difícil de la historia. Sin embargo, cuando recuerdo las largas conversaciones con mi abuelo Felipe -ya fallecido-, un hombre que conoció la política no desde el poder, sino desde el sacrificio, entiendo que el verdadero desafío no siempre fue sobrevivir, sino mantener la dignidad en medio del caos.

Mi abuelo vivió una época en la que el mundo parecía desmoronarse una y otra vez. Me hablaba de los años en que la humanidad entera se estremecía con noticias que hoy apenas se recuerdan. La Gran Guerra había dejado pueblos enteros en ruinas, y mientras las naciones buscaban reconstruirse, una pandemia -la gripe española de 1918- arrebató más vidas que las balas. Cuando el mundo apenas respiraba, llegó el crac del 29, y las familias comenzaron a medir su esperanza en trozos de pan.

Decía que la historia no era una línea ascendente, sino una espiral donde los errores regresaban con otros nombres. Recordaba cómo los discursos totalitarios se disfrazaban de orden, cómo el miedo se convertía en política y cómo, en medio de todo, la gente común seguía sembrando, enseñando y soñando.

Años más tarde, presenció la Segunda Guerra Mundial, una herida que partió el siglo en dos. Y mientras el planeta se dividía en bloques y amenazas, surgían nuevas guerras en nombre de ideologías que prometían paz. Corea, Vietnam, Cuba, África… Cada rincón del mundo parecía arder bajo un nuevo tipo de ambición.

Yo crecí escuchando esas historias, sentado a su lado, intentando imaginar un mundo sin internet ni televisión, donde las noticias llegaban por radio y las cartas tardaban semanas. Él me decía que la diferencia no estaba en el sufrimiento, sino en la conciencia. Que cada época tiene su guerra: unas con fusiles, otras con pantallas.

Hoy, cuando oigo a muchos afirmar que vivimos los años más inciertos, pienso en su mirada. En cómo hablaba de la caída del Muro de Berlín como el respiro de una humanidad agotada, y de cómo la tecnología, que se comprometía unirnos, comenzó a aislarnos sin que lo notáramos.

Mi abuelo me enseñó que los tiempos difíciles no los define la historia, sino la actitud con que se los enfrenta. Él no tenía redes sociales para quejarse ni cámaras para mostrar su lucha. Tenía convicciones, palabra y memoria.

Quizás, el mayor error de nuestra generación no sea desconocer el pasado, sino subestimarlo. Porque el futuro -me decía- no se construye con la impaciencia del que exige, sino con la sabiduría del que recuerda.

Y hoy, al evocarlo, comprendo que no hay comparación posible entre lo que creemos haber vivido y lo que ellos realmente enfrentaron. Su herencia no fue el dolor, sino la fortaleza. No fue la derrota, sino la fé.

Y en ese legado silencioso, aún late el eco de una verdad que atraviesa los siglos: no hay progreso sin memoria, ni esperanza sin gratitud.

Juan Carlos Hernández Caycho
Periodista y ciudadano de Tarapacá
Nieto de un viejo político que le enseñó que la historia no se juzga: se comprende.